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Manual de supervivencia para mujeres positivas

LO QUE NADIE NOS PUEDE QUITAR

NUESTRA ACTITUD ANTE LA VIDA

Chicas, el otro día me robaron el móvil.  Si ya sé que es bastante habitual, y más en mi caso, ya me ha pasado unas cuantas veces, (tanto le doy al pico, que descuido las escuadras), pero eso no quita, para que cada vez que pasa, el percance me cause una momentánea desazón imposible de evitar, como si con ese trozo de plástico con vestido de lunares, se fuera además un pedazo de mi existencia. Bueno vale, suena exagerado, pero en el momento me pareció una tragedia, y esa noche dormí mal, no podía dejar de preguntarme, dónde estaría mi bicho, y cómo era posible que de repente tuviera que prescindir de su continente (que cuesta una pasta), y de su contenido (que es irrecuperable), porque cómo era de esperar, nunca había descargado ningún archivo, ni fotos, ni notas, ni agenda, ni….

Nada más despertarme por la mañana, agotada por la duermevela, caí en la cuenta, de que es precisamente a él, al primero que saludo al despertarme, y algunos días también, al último del que me despido al acostarme. Y es que desde hace un tiempo, ese aparatejo se ha convertido en el hombre más importante de mi vida, aunque me cueste reconocerlo, aunque haya temporadas en las que sólo me dé malas noticias, aunque algunas tardes no lo aguante, y le deje abandonado sin vida en cualquier sitio, (para exasperación de mis amigos y familia), aunque todavía no sepa usar el taladro… Pero lo cierto es que estábamos muy unidos, no sólo por lo que me daba, conversación, entretenimiento, contactos, recuerdos, sino porque ha contribuido a que no se siga perpetuando mi lesión de espalda, permitiendo que por fin saque del bolso unos cuántos imprescindibles, como el reloj, el diccionario, un cuaderno (ahora solo llevo uno), la agenda grande (sólo llevo la pequeña), la cámara de fotos, el periódico, el mapa de carreteras, el catálogos de Zara, …con las revistas y los libros no ha podido aún, ¿será por eso por lo que sigue pesando una tonelada?…

En fin, que tengo que confesar, que como la mayoría, me he vuelto bastante dependiente de él, aunque todavía no tanto como todos esos, que cuando se quedan sin móvil acaban en el hospital con palpitaciones y severos ataques de ansiedad como si efectivamente se hubiera producido un hecho catastrófico en su vida, o hubieran perdido a su mujer y a su amante en el mismo accidente. Por eso, y previendo un agravamiento de mi enajenación por el bicho, ese domingo de primavera invernal, en el que de pronto amanecí desconectada del mundo y con un cansancio de mil demonios, decidí, tras el inevitable rato de impotencia y síndrome de abstinencia, que había llegado el momento de plantearme mi actitud ante este hecho y otros tantos de la vida cotidiana, que últimamente tanto me hacían padecer.

Así que de inmediato tome dos decisiones urgentes, la primera, dejar el dramatismo y parar en seco el pensamiento derrotista que me atenazaba, y que me empujaba a contemplar el robo como otro claro signo de mi mala suerte ( últimamente estoy que me salgo de pequeñas desgracias) y tomármelo como una experiencia más, y la segunda, aprovechar la ocasión para experimentar con deleite una día sin móvil, sin llamadas, sin mensajes, sin la crónica en directo de las andanzas de mis amigas, sin el reporte mañanero de mi padre, sin las fotos de las peripecias de mis sobrinos, sin el email del Groupon vendiéndome lacas de uñas, estancias de ensueño, y masajes….

En esas estaba cuando de pronto me di cuenta de una evidencia: todo lo que tenía lo podía perder, del mismo modo en que había perdido él móvil. Entendí que me lo podían quitar, se podía ir por la alcantarilla de la vida, o se lo podían llevar los malos vientos, como le estaba pasando a mucha gente en este país. De pronto fui consciente de lo efímero de la existencia humana y de todo cuanto la rodea, somos perecederos igual que lo son nuestras cosas, nada es para siempre, y además todo puede caducar. Sin embargo, no entendía porque no actuábamos en consecuencia, y seguíamos viviendo como si fuéramos eternos, no nos fuéramos a morir nunca, y cada cosa conseguida fuera para siempre, algunos encima, para ponerle más pegas a la vida, incluso nos agotamos reclamando justicia en un mundo fundamentalmente injusto, y nos negamos a aceptar lo que nos pasa, o lo que no nos pasa, entonando constantemente ese, ¿porqué a mí?, es injusto¡¡¡¡, ¿porqué no a mí? No es justo¡¡¡

La vida no impone ninguna disciplina salvo aceptarla incuestionablemente, porque es la única manera de avanzar. Cuanto más la niegues, peor te irá. Esto pensaba acurrucada en el sillón mientras creía oír mi móvil en todas las esquinas de la casa (¿y si lo  he soñado?) entonces me acordé de una historia que me había impactado mucho. Me refiero a la vida de Viktor Frankl, el famoso Médico alemán autor del libro “El hombre en busca de sentido”. Un prestigioso neurólogo que durante la ocupación nazi fue perseguido y recluido junto a su familia en un campo de concentración. Allí lo perdió todo, su familia, sus pertenencias, su trabajo, y hasta su dignidad…. Pero esta dramática experiencia, aunque indudablemente le supuso grandes sufrimientos, también le dio la oportunidad de estudiar el alma humana a través de las reacciones de los hombres en las condiciones más extremas. Así llego a la conclusión de que efectivamente el hombre podía perder todo menos una cosa: “A un hombre le pueden robar todo menos una cosa, la última de las libertades del ser humano, la elección de su propia actitud ante cualquier tipo de circunstancias”.

Con esta sencilla frase, Frankl nos descubre el secreto de la vida: tener las riendas de nuestra ACTITUD que no de nuestras circunstancias, (porque casi siempre se escapan a nuestro control), nos dará la libertad. La actitud ante la vida diferenció a los hombres en aquel campo de padecimientos, en el que algunos se adaptaron, y hasta consiguieron ayudar a los demás, y otros languidecieron ante sus terribles condiciones, la actitud diferencia también a los pueblos africanos que sonríen cuando no tienen nada mientras los occidentales lloran cuando pierden algo, y la actitud diferencia aquellos que se reponen de los reveses de la vida, de los que se quedan anclados a ellos preguntándose, ¿porqué yo?, es injusto¡¡¡.

Por eso, chicas, lo tengo claro, hay que ponerse guapa siempre, disfrutad de lo que tienes, y cuando las cosas se tuercen, mantener la mejor actitud posible para ver lo que podemos sacar, porque eso nadie nos lo puede quitar. Qué os parecen estos modeletes para poner una sonrisa al buen tiempo???



One Comment

  1. No te imaginas lo bien que me ha venido leer tu post hoy…estaba justita de actitud y pensando en miss desgraciada 2013!! pero ya vuelvo a recuperarla… un besito ;)

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