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Manual de supervivencia para mujeres positivas

SOBREVIVIR A UN ERE

¿Es el final o es el principio? ¡Atrévete a soñar!

Chicas ya sabemos lo que es un ERE. Esas siglas que hasta hace bien poco no tenían un significado muy concreto para casi nadie, ahora son el pan nuestro de cada día. El ERE o Expediente de Regulación de Empleo, es un tratamiento de lifting radical para empresas, que consiste en adelgazar su estructura hasta dejarla en el chasis, manteniendo una mínima masa muscular restante, para seguir tirando de ella.

Para llevarlo a cabo correctamente, es necesario someter a la población de empleados existente, a un extenuante y agónico proceso legal y de negociación colectiva que a la finalización del plazo establecido, habrá creado, sin lugar a dudas, al menos dos grupos de amargados: los que se van, y por tanto dolidos por el rechazo y desmoralizados ante la caída sin paracaídas en el descompuesto supermercado laboral, y los que se quedan, exhaustos por el proceso, y desbordados ante la avalancha de trabajo que según estiman les caerá, una vez sus compañeros hayan abandonado el nido. Podría haber un tercer grupo muy minoritario de no amargados, que vean la situación como un cambio positivo, pero estos serán los menos, y serán tratados con recelo.

La mayoría de estos temidos ERE suelen estar precedidos por un paralizador proceso previo, creado por su fantasma, que en lugar de allanar el terreno antes de su llegada, suele calentar el ambiente para que su estallido sea aún más sonoro. Aunque hay sitios que al contrario, llega sigiloso y sin avisar, en la mayoría el sonido de sus trompetas se puede escuchar mucho antes. El nuestro llegó un lunes por la tarde a eso de las cinco, primero inundando de rumores catastróficos, pasillos, cocinas, y apeaderos de autobús, y después instalándose en la mente de la gente como la gran maldición fantasma que pronto traería el cambio para todos. “Dios mío, y ahora que vamos a hacer…”

El ERE significa todo eso con lo que convivimos mal los seres humanos: cambio, incertidumbre, inseguridad, frustración, pérdida de estatus. Muy pocos lo ven de otro modo, y casi ninguno lo asocia con esa otra posibilidad: oportunidad, renovación, nuevos retos. En mi empresa la gente lleva de media, la friolera de15 añitos haciendo casi lo mismo, navegando en distintas partes pero de las mismas aguas, algunos con más días buenos que malos, y otros al contrario, pero todos con la mente tranquila en lo laboral, y sin sobresaltos en lo económico, a menos que gripen el motor del coche, o se les junten dos pagos del aparato de dientes del niño.

Casi todos hemos aprendido a convivir con presiones varias, vanidades desbordadas, burocracias estúpidas, personas mediocres y cicateras, tontos motivados, y otras prebendas del entorno laboral ya caduco, pero no estamos entrenados para salir en una lista, pasar un mes de negociación y acabar siendo despedidos sin haberlo comido ni bebido. “Pero si yo no sé hacer otra cosa…”·

Vamos que el ERE representa una salida forzosa, repentina y dolorosa de nuestra zona de confort, ese lugar en el que hemos conseguido estar cómodos con todo lo que contiene, lo agradable y lo desagradable, en el que tenemos instaladas nuestras rutinas, habilidades y actitudes. Cuando llega no sólo tenemos que lidiar con un entorno laboral muy adverso (que nadie lo niega), pero sobre todo tenemos que enfrentarnos con nosotros mismos y nuestros miedos, aunque nos cueste reconocerlo.

Por eso, estas situaciones traumáticas son las que revelan verdaderamente las actitudes de cada uno, esas que después marcarán sin duda nuestro futuro inmediato, que a pesar de las circunstancias negativas, será distinto para unos y otros. Así unos se instalarán en la llamada zona del pánico, un sitio hostil lleno de posibles peligros y amenazas en los que poco bueno podrá pasar, y con las mismas, otros optarán por la zona de la magia, un lugar nuevo, donde habrá novedades, aprendizajes y posibilidades de explorar territorios desconocidos.

Yo aprendí la lección porque mi compañero de trabajo optó por esta segunda opción. Tras la pataleta y cabreo iniciales, inevitables pero también purgadores, decidió afrontar la situación desde una perspectiva positiva, y verla no tanto como un final sino como un principio, un cambio que abría nuevos horizontes, y que le permitía reinventarse y crecer. Este nuevo comienzo le revistió de energías renovadas para buscar nuevas puertas, que una vez seleccionadas fue llamando sin pausa, con una sonrisa en la cara y mucha confianza. La nueva zona le acogió con los brazos abiertos y el día que le tocaba salir de la empresa era una persona renovada con un futuro profesional nuevo y retador. “No podemos cambiar las circunstancias pero si nuestra actitud”

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