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Manual de supervivencia para mujeres positivas

VERANEAR EL EL PUEBLO

DONDE ESTÁ MI PUEBLO

Chicas, este año por fin hemos podido saborear, aunque muy brevemente, las vacaciones en el pueblo. Siempre hemos tenido envidia de todos esos que tienen la suerte de tener PUEBLO. De hecho cuando vimos por primera vez el anuncio de Acuarius de los pueblitos buenos, – ese en el que aparecían algunos de esos desposeídos sin pueblo, que los viernes por la tarde tenían que asistir muertos de envidia al desfile de sus compañeros camino del pueblo para pasar el fin de semana-, nos sentimos más identificadas que cuando los de Ikea nos sugirieron que redecoráramos nuestras vidas.

En realidad tener un pueblo es tener un tesoro. Pero eso sí, tiene que ser un pueblo de verdad, uno de esos que huelen a pueblo, con gente de pueblo, con casas de pueblo, con animales, huertas, perros que ladran, quizá un pequeño bar ( pero no es obligatorio), una era, un río cercano, y ninguna tienda. Un pueblo en el que todo sabe a lo que tiene que saber, los tomates a tomate, el jamón a jamón, y los besos a besos (esto no lo hemos probado, nos lo han tenido que contar, aunque de jamón nos hemos puesto hasta arriba). Un pueblo en el que ir de compras significa salir a la plaza tras el bocinazo del camión del pan o del pescado, o bajar a la huerta a coger unas lechugas o unas patatas. Uno de esos preciosos pueblitos remotos y poco habitados que se encuentran en medio de una carretera comarcal, bien lejos de Zara, y que se anuncian con una señal con nombre rural como Sargentes, Bezana o Valdeajos.

 Allí los días pasan sin que parezca que pasa nada, aunque en realidad pasa todo. Los veranos son apacibles para los de fuera, que por fin cambian la vorágine por la calma, pero ajetreados para los de dentro, que por fin ven vidilla en el pueblo. Los veraneantes se buscan a sí mismos, y los del pueblo buscan alguien con el que dejar de serlo por unos días, los unos intentan relajarse, mientras los otros se preguntan cómo serán las vidas de estos urbanitas que a esto le llaman descanso. Pero el que mejor lo pasa con diferencia es el tonto del pueblo, que en todos hay uno, no sólo porque por fin tiene público de verdad, sino sobre todo por comprobar que en la ciudad hay muchos más como él.

En las actividades veraniegas participan todos, o casi todos, sin distinción de sexo, edad, o condición física o mental, basta con dejarse caer por las zonas comunes y apuntarse a lo que se tercie ya sean unas cartas, un aperitivo o una jornada de recolección. El día que llegamos habían organizado una alubiada para comer. Allí no hay protocolo, las decisiones se toman sobre la marcha:”, ¿os gustan las alubias blancas?  sí, ¿os gustan las perdices?, creemos que sí, ¿os gusta el escabeche?, bueno eso no sé, ¿es carne o pesado?, nada, nada ya estáis apuntadas, y de postre, rosquillas de anís de la Nieves, que le salen de maravilla”, qué ligerito pensamos nosotras, ideal para la dieta..

Luego a siestear, dónde sea, unos en la propia mesa, otros bajo una parra, y otros metidos en la cama con pijama y todo. ¿Pero así cómo van a bajar las alubias pensábamos  nosotras? Después toca el paseo por los alrededores, andando, bici o coche, a ver pasar la tarde junto al río, o flipar con el atardecer en algún monte cercano. Luego al bar, si lo hay, o a la sede de la asociación, en su defecto, a echar unas rondas y enterarse de los acontecimientos de la jornada. Entre ronda y ronda llega la cena, y después a verbenear……

En los pueblos se verbenea mucho, ya sea en el propio (una vez al año) o en el del lado (otra vez al año) o en cualquiera en un radio de unos 30 kilómetros a la redonda, pero la verbena es un imprescindible del verano en el pueblo. Allí se bebe, se baila, se comen pipas, y se hace pis entre el trigo o tras algún tractor, y vuelta al baile y a la bebida hasta que llega el alba, entonces abre la panadería y a tomar un hornazo caliente relleno de chorizo o jamón, para irse bien templadito y rellenito a la cama y arrullarse con una buena manta.

En la maleta para el veraneo en el pueblo hay que llevar sobre todo básicos, botas, zapatillas, forro polar, algún biquini de cuello alto, sombrero cosechero, bolso cruzado, camisa de cuadros, y por supuesto un top lencero sexy- rural, que aunque difícilmente llegarás a enseñar debido a las bajas temperaturas, vale con que se deje ver levemente por ahí debajo, como si tal cosa, para que se animen un poco los mozos, y de paso dar tema que hablar entre los parroquianos, algo muy importante en el pueblo.

Así cuando consigues que por fin el cuerpo cambie de ritmo y vencer el síndrome de abstinencia de Zara, el verano llega  a su fin, y toca recoger y volver a casa, con buen color, buenas lorzas, un kilo de morcillas, y sobre todo un montón de amigos y de momentos para recordar. Un beso para todos nuestros amigos del pueblo que son la mejor gente que hay, sencillos, comilones, generosos, y muy divertidos. Ahora a esperar la próxima oportunidad para vernos mientras nos recreamos con las novedades para el otoño que trae muchas sorpresas.


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